POR GUSTAVO F. ZAMUDIO. (A la Vera del Ring)

Un hombre bueno, querido antes, durante y después de su esplendor boxístico. No cambió nunca, en ninguna de las etapas que le tocó vivir. Un boxeador que paralizó el país cuando enfrentó a Marvin Hagler, el 30 de marzo de 1984 en el Riviera de Las Vegas, disputando el título mundial mediano (AMB / CMB / FIB). Esa noche todos queríamos ver a Hagler vapuleado por los puños de Roldán, aunque no pudo ser.

Tuvo otra oportunidad mundialista ante otro gigante, Thommy Hearns, el 29 de octubre de 1987 en el Hilton de Las Vegas, por el título mediano CMB vacante, y tampoco pudo ser, pese a la izquierda que le dio en el rostro a ´la Cobra de Detroit´, haciéndolo retroceder sentido, pero se recuperó rápido, antes de que Roldán volviera a conectarlo, y el púgil de Freyre terminó perdiendo por nocaut en el cuarto round. Y la chance final versus Michael Nunn, el 4 de noviembre de 1988, también en el Hilton de Las Vegas. Tampoco pudo, perdiendo por nocaut en el octavo capítulo, estando en juego la corona mundial mediano FIB vacante. Así pondría final a su campaña boxística.

Pareció no haber nacido para campeón mundial, pero por su estilo boxístico, su condición de noqueador fulminante, por su personalidad y su historia de vida tan sencilla y campechana, no le hizo falta ser coronado para que la gente lo reconociera como gran campeón, hasta el último instante de vida.

Era un mediático sin querer serlo. Perfil bajo ante la prensa, pero al escuchar sus anécdotas, su historia personal colorida, hacía que la gente hiciera foco en él y lo quisiera. Era de esos púgiles que además de noquear, justificaba el pago de una entrada, y vaya si generaba venta de tickets. Los aficionados pasaban por ventanilla para ir a verlo porque difícilmente los defraudara. Roldán era un personaje de historieta, un auténtico superhéroe.

Comió asados con amigos y también se sentaron a su mesa generosa desconocidos que eran aceptados sin pedirles currículum ni antecedentes. Muchos de ellos antes de hacer la digestión comentaban a los cuatro vientos: “Yo comí un asado con ´Martillo´ Roldán”. Dicen que una de sus últimas comilonas fue una cabeza de vaca cocinada en una casa de San Francisco. Hasta que días después una ambulancia se lo llevó de su casa al hospital, de donde ya no saldría con vida.

No pudo con su fortaleza allá por su adolescencia, aquel oso, bajo la carpa de un circo, cuando lo peleó por unos pesos. No le ganó, pero dieron empate, porque no consiguieron noquearse. Tampoco pudo con su dureza física el sinnúmero de batallas que libró sobre un ring. Por el contrario, su campaña boxística lejos de liquidarlo lo fortaleció como deportista y como persona. Pero no pudo hacerle cintura al virus, que pareció haberlo sorprendido con la guardia baja. Lo conectó duro con una mano invisible que no pudo ver ni esquivar, y que lo dejó maltrecho y terminó venciéndolo por nocaut, ya no sobre la lona de un ring sino sobre la fría sábana blanca con perfume a lavandina tendida sobre la cama de un hospital.

Hasta que llegó la peste acompañó con su presencia a todas las veladas de boxeo que se realizaban en San Francisco, en Frontera, en Freyre o en cualquier localidad cordobesa o santafesina de su zona de influencia, donde había un ring dispuesto para que se hagan peleas. Podían subirse aficionados desconocidos o profesionales consagrados. Y cuando la gente lo veía sentado en el ring side, lo aplaudía espontáneamente, y le mostraba todo el cariño, algo que ni siquiera lograron muchos boxeadores, aun habiendo obtenido la corona mundial.

Hace cinco años decidió donar al Museo del Deporte de la Provincia de Córdoba un par de guantes. Pero no unos guantes cualquiera. Eran los que usó la noche en que protagonizó uno de sus nocaut más tremendos y más recordados, aquel que le propinó al ´Animal´ Frank Fletcher en el sexto round, el 10 de noviembre de 1983, como semifondo de Marvin Hagler-Roberto ´Mano de Piedra´ Durán, en el Caesars Palace de Las Vegas.
Los entregó sin pedir nada a cambio, ni beneficios económicos ni cuestiones de cartel, porque consideró que era mejor que la gente los disfrutara cuando recorriera el museo ubicado debajo de una tribuna del estadio Mario Alberto Kempes, que tenerlos guardado en un placar de su casa con olor a humedad. Así era ´Martillo´, generoso ante todo.

Cualquiera que haya pasado aunque sea un instante por el mundo del boxeo, seguro que sintió tristeza por su muerte. No solo porque se fue un noqueador fulminante, sino porque nos dejó un buen hombre. Se lo llevó el maldito virus que no hace distinciones, como lo hizo con Miguel Castellini y Sergio Víctor Palma.

Muchos cariños María Elena a vos y a tu familia. Todos recordamos a ‘Martillo’.